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ASAMBLEA ARQUIDIOCESANA DE PASTORAL 2020

“Con María, servidores de la Esperanza”

ITINERARIO CATEQUÍSTICO

ENCUENTRO 2: CRISTO SACRAMENTO DEL PADRE, LA IGLESIA SACRAMENTO DE CRISTO

1- NOS PONEMOS EN LA PRESENCIA DE DIOS:

Oración por la Asamblea Arquidiocesana de Pastoral 2020
Jesucristo, Evangelio viviente, ayúdanos en este tiempo de dificultades,
en medio de la situación de la pandemia y de diversas situaciones
familiares, laborales, económicas, afectivas y espirituales
a continuar el proceso de discernimiento, purificación y reforma
para descubrir la voluntad de Dios para nuestra Iglesia que peregrina en Tucumán.
Señor de la Vida, danos el don del discernimiento,
que podamos reconocer la realidad con los ojos y el corazón de Dios.
Ilumínanos Señor, para interpretar la voluntad de Dios
con un oído en el Evangelio y otro en el pueblo.
Danos la santa audacia de decidir los caminos
para que llegue a todos la Alegría del Evangelio.
Jesús fortalécenos para renovar nuestra pastoral
y adecuar la misión de la Iglesia en el mundo de hoy.
Acompaña al santo Pueblo de Dios para caminar juntos hacia el Ideal
de una Iglesia, fraterna, servidora, misericordiosa y en salida misionera.
Ayúdanos a ser dóciles para que, en la Asamblea de Pastoral 2020,
todos crezcamos en comunión fraterna
y lleguemos a ser servidores de esperanza en tu Reino.
Que nuestra Madre de la Merced, nos acompañe en este camino
para responder dócilmente al designio del Padre.
A ti que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén

2- EXPERIENCIA VITAL

Les proponemos iniciar con una canción: “El Dios de la Vida”. Mientras la cantamos vayamos subrayando o anotando aquellas expresiones que mejor describen nuestro ser Iglesia.
Después de cantarla compartimos los versos destacados:

Somos un nuevo Pueblo,
gestando un mundo distinto,
los que en el amor creemos,
los que en el amor vivimos.
Llevamos este tesoro
en vasijas de barro,
es un mensaje del Cielo
y nadie podrá callarnos.
Y proclamamos un nuevo día,
porque la muerte ha sido vencida.
Y anunciamos esta noticia,
hemos sido salvados por el Dios de la Vida.

En el medio de la noche,
encendemos una luz,
en el nombre de Jesús.

Sembradores del desierto,
buenas nuevas anunciamos,
extranjeros en el mundo,
que no entiende nuestro canto.
Y aunque a veces nos cansamos,
nunca nos desanimamos,
porque somos peregrinos,
y es el amor nuestro camino.
Y renunciamos a la mentira,
vamos trabajando por la justicia.
Y rechazamos toda idolatría,

sólo creemos en el Dios de la Vida.

Que nuestro mensaje llegue
más allá de las fronteras
y resuene en todo el mundo,
y será una nueva tierra.
Es un canto de victoria,
más allá de las heridas,
alzaremos nuestras voces
por el triunfo de la Vida.
Y cantaremos con alegría,
corazones abiertos, nuestras manos unidas.
Celebraremos con alegría,
porque está entre nosotros el Dios de la Vida.

Compartimos:

Vemos en la letra de esta conocida canción una descripción hermosa y verdadera sobre lo que es la Iglesia, pero no todos la perciben siempre así. Nos preguntamos:

  1. ¿Hemos experimentado personalmente situaciones de rechazo hacia la Iglesia?
  2. ¿Hemos sentido alguna vez que, como Iglesia, no hemos sido reflejo del amor del Padre hacia su creación?
  3. ILUMINACIÓN

Nos dejamos interpelar por la Palabra de Dios

Leemos Jn 14,7-24

Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto».
Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta».
Jesús le respondió: «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Como dices: «Muéstranos al Padre»?
¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras.
Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras.
Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre.

Y yo haré todo lo que ustedes pidan en mi nombre, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si ustedes me piden algo en mi Nombre, yo lo haré.
Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes.
No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán.
Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y yo en ustedes.
El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él».
Judas –no el Iscariote– le dijo: «Señor, ¿por qué te vas a manifestar a nosotros y no al mundo?».
Jesús le respondió: «El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él. El que no me ama no es fiel a mis palabras. La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió.

Palabra de Dios

Jesús en estas enseñanzas nos revela y nos promete la posibilidad de una vida plena y feliz, que se hizo realidad con la entrega de su vida y se perpetúa en la Iglesia como sacramento universal de salvación.

Profundizamos

a. Los signos son importantes

Como veíamos en la catequesis anterior, los seres humanos tenemos la capacidad de evocar realidades invisibles y profundas de nuestra vida mediante objetos o personas visibles. Esto es lo que llamamos sacramento. La función de este es provocar un encuentro de las personas con esta realidad que no es visible a la simple vista. El sacramento es una mediación para un encuentro.

Según la historia de las religiones, las personas han manifestado siempre deseos, necesidad de conocer a Dios, pero nunca han podido hacerlo directa o inmediatamente, siempre se han encontrado con él y lo han conocido a través de medios, símbolos, signos, señales, sacramentos que hablan de él.

Dios nunca es alcanzable directamente en sí mismo, sino a través del mundo y las cosas del mundo. La experiencia del encuentro con Dios es siempre sacramental.

b. Cristo Sacramento del Padre

La persona no se ha resignado nunca a renunciar a ver a Dios. Este profundo anhelo humano está expresado en la plegaria de Felipe a Jesús: “Señor, muéstranos al Padre, y nos basta” (Jn 14,8).

Lo sorprendente es la respuesta que Jesús da a la pregunta de Felipe: “Felipe, quien me ve a mí ve a mi Padre” (Jn 14,9).

“Ver” aquí significa que la toma de conciencia de nuestro contacto o encuentro con Dios se realiza de manera mediata, es decir, a través de la mediación de otras criaturas que son los signos de su presencia. Por eso necesitamos sacramentos de Dios.

Cristo entra en la historia humana como un “signo-sacramento” del Padre que nos ama, esto se realiza en la Encarnación del Verbo. Jesús es el “sacramento primordial” que visibiliza y hace presente el amor y la gracia de Dios de modo supremo y se constituye en el lugar privilegiado del encuentro de la persona con Dios.

c. La Iglesia Sacramento de Cristo

Así como Cristo es el sacramento del Padre, la Iglesia es el sacramento de Cristo. Él prosigue y se hace palpable a través de ella a lo largo de la historia.

La Iglesia, entonces, es el instrumento inseparable de Cristo en su función de mediador universal y de sacramento de Dios.

En ella se mantiene siempre viva la memoria de su vida, muerte y resurrección y del significado definitivo que posee para el destino de todos los hombres. La Iglesia se vuelve sacramento en cuanto participa y actualiza constantemente el sacramento de Cristo. Para el hombre de fe, ella en su concreción histórica, es como la casa familiar y sacramental. Lo que hace que la casa sea casa familiar y sacramental no son las cuatro paredes, no es el hueco dentro de ella que nos permite habitarla. Es el espíritu, la persona que llena de vida el vacío de la casa y confiere sentido a las cuatro paredes. Entonces se torna habitable y familiar.

Algo semejante ocurre con la Iglesia. No es el credo, no es la liturgia, no son las instituciones, ni las tradiciones las que hacen que la Iglesia sea Iglesia, sacramento de Cristo, sino la fe en el Señor presente que vivifica el credo, se expresa en la liturgia, se encarna en las instituciones y vive en las tradiciones.

“Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y yo en ustedes” en palabras del propio Jesús.

4- COMPROMISO

Venimos desde la primera Catequesis, mirando los signos, las huellas, los objetos que usamos, que representan mucho para nuestra vida.

En esta Catequesis hemos profundizado sobre los Sacramentos y hemos visto que Cristo es el Sacramento del Padre, es decir en Él vemos al propio amor misericordioso del Padre. El Padre se da a conocer a través de la Persona de su Hijo.

La Iglesia es sacramento de Cristo, Él entró en la historia humana, para revelarnos al Padre, que nos ama infinitamente; y quiso entregarnos a su Hijo, como Sacramento y a su Iglesia, que también es Sacramento de Salvación, para todos los hombres. La Iglesia se vuelve sacramento en cuanto participa y actualiza constantemente el sacrificio de Cristo.

Ante todo lo que venimos conversando, podemos preguntarnos:

Dialogamos:

  1. ¿Cuáles son los gestos, actitudes y vivencias que te hablan más de la presencia de Dios en la vida de la Iglesia?
  2. ¿Qué debemos hacer, como comunidad, Parroquia, Diócesis para ser Sacramento de Cristo en la sociedad?
  3. Como parroquia, movimiento, institución, área pastoral, etc., les pedimos realizar un resumen con las respuestas de su comunidad y enviarlo a: cpa_tuc@yahoo.com.ar.
  4. ORAMOS

Misericordiosos como Tú.
Cuánta miseria en nuestro mundo,
cuánta apariencia en nuestro mundo,
cuánta necesidad de amor en nuestro mundo.
Señor, ayúdame a amar desde mi miseria, a darme desde mi pobreza.
Cuántas manos que estrechar, cuántas heridas que curar,
cuánta hambre que saciar.
Gracias, Señor, por tantos, que abrazan sin retener,
que curan sin dañar, que alimentan sin cobrar.
Hazme, Señor, como ellos, uno más entre los demás.
Sin necesidad de aparentar, sin intención de dominar.
Señor, “uno de tantos “como Tú, misericordioso como Tú.
Amén